Un caso doble de reinserción

César Ponce (Hoppes 09) Se protege la identidad de los protagonistas de este texto a petición de la fuente

El café yerbabuena es uno de esos bares de periferia, que respira gracias a su clientela más fiel. Sin intención de seducir a la juventud, se conforma con cobijar almas trasnochadas que cada fin de semana renuevan su espíritu hasta la hora del cierre. Los dardos atraviesan el humo hasta clavarse en la diana, entre algún trago de coñac que reduce paulatinamente la puntería.

La escena se repite prácticamente cada fin de semana. Los mismos personajes se despojan de su vida diaria durante unas horas, envueltos por el local. “Y nos dieron las diez y las once, las doce la una las dos y las tres…”, reflejados en la mítica canción de uno de sus cantantes coetáneos.

Gema se deja caer asiduamente por ese ambiente extraño, tan pintoresco como hechizante. Mujer a la vieja usanza, familiar, sacrificada, pero con tremendas ganas de seguir acumulando experiencias. Relata con pasión e indudable sinceridad. Enreda con su naturalidad, sus ojos suplican atención. Le reconforta encontrarla en un espejo imberbe. Una conversación improvisada le convierte en fuente directa de un caso real de reinserción. Su vivencia rebosa humanidad.

“Tendrías que ver como le quiere el crío, no se separa de él”. El crío es el hijo de su sobrina, y él es el chico que va con ella. La criatura apenas acaba de cumplir dos años. Crece feliz y atendida, indiferente a las dos historias paralelas que han marcado el pasado de sus actuales progenitores.

“Cuanto ha sufrido mi hermana con ella”. Durante su juventud superó los límites de la rebeldía. “Era una pieza. Drogadicta y muy problemática”. Coqueteó varias veces con la justicia, acusando la inexperiencia y las malas compañías. Mucho en esa actitud tuvo que ver su novio de toda la vida, con el que ahora convive. Hasta que las rejas de prisión les separaron, bebió todo el veneno de la calle, el pandillerismo y el delito. Una vez alejada de él, la inconsciencia y la inmadurez no le permitieron virar el rumbo. “Conoció otro chico. Un bandarra de malvivir”. Ahora tienen un hijo en común. “Apenas sabe del crío, ni queremos que lo vea. Cuanto más lejos mejor”. Con tan sólo 20 años se encontró siendo madre soltera, con un pasado desaconsejable y un futuro incierto.

“Ahora es otra, una madraza”. Gema transmite orgullo en su testimonio. “Sólo hace que trabajar, aunque las cosas están muy mal. A veces le dicen que o trabaja una hora más o la echan, sabe que tiene que hacerlo”. Ha vuelto con su novio de toda la vida, que salió de la cárcel tras cumplir la condena impuesta por sus numerosos desmanes. “Él se ha puesto a trabajar con el suegro. Entre los dos están pagando el piso”.

Gema confiesa que el chico ahora le da pena. “Ha aceptado a un hijo que no es suyo y le adora. Quieren incluso casarse, pero a mi hermana no le hace gracia”. Su gesto delata que a ella tampoco le entusiasma la idea matrimonial.

Ambos comparten la moraleja de un pasado viciado, producto de una juventud alocada. Un pasado que no quieren se parezca al futuro de ese niño que cada día luchan por criar. “Tendrías que ver como le quiere el crío, no se separa de él”. El café yerbabuena aplaude en silencio.

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